Siguiendo la idea (una boutade o tal vez menos que eso: un lugar común ya a estas alturas de la jugada) de que una persona no puede bañarse dos veces en el mismo río, no creo que una persona pueda leer dos veces el mismo libro.
O, siendo más fieles a lo que realmente creo que sucede, un libro nunca puede ser leído dos veces por la misma persona, que no es lo mismo pero es igual.
Creo que la lectura es una conversación. Una escalada en la que cada palabra va intentando mosquetonear diferentes puntos de seguridad ofrecidos por la experiencia vital del lector (sus conocimientos, su sensibilidad, la intrahistoria de su cotidianidad) hasta trazar una ruta hasta la cumbre que será única en cada (re)lectura.
Por eso me da reparo volver a los libros en los que fui feliz de adolescente: porque me da miedo que las líneas de vida que planté en su día en esas historias no me sirvan ya en mi estadío actual.
Y por eso no me acaban de convencer los audiolibros, aunque les reconozca sus muchas virtudes y los oiga de vez en cuando. Porque la palabra escuchada no me permite establecer tantas conexiones en segundo plano como la palabra leída, y esa labor de enganche (de mosquetoneo, por seguir con la metáfora de todo a un euro) se me complica.
Siguiendo con esa idea, diría que lo más enriquecedor de una lectura, lo que de verdad le hace a uno sentir un libro, sucede entre las palabras que ha escrito la autora de turno. En los huecos que estas han dejado.
Aquí hay muchas metáforas posibles: la hierba que crece salvaje entre el asfalto, la línea de luz que ilumina la oscuridad a través de una grieta mal sellada, incluso la esperanza que hunde sus raíces en tierra prestada, si queremos jugar a eso.
Pero a mí me gusta ser algo más prosaico (fliparme un poco menos, en román paladino) y pensar que esas palabras no son más que una especie de encendedor de cocina: una chispa luminosa en el mejor de los casos, vale, pero que nunca lograría llegar a nada más sin el combustible aportado por el lector.
Visto así, tal vez ese 10% que nos llevamos SÍ que sea demasiado, uf...